La pasada semana se cumplió el décimo aniversario de aquella final disputada en París que marcó un antes y un después para el valencianismo. Sí, ya han pasado diez años. Pese a su innegable trascendencia, el recuerdo evoca demasiado dolor, de ahí que apenas se haya reparado en la efeméride. Fueron días de ilusión y entusiasmo rotos por un inesperado hundimiento. El club de Mestalla supo seguir un camino pese al varapalo sufrido. Aquella noche jugaron por última vez algunos de los futbolistas más destacados en aquel momento: Claudio López, Farinós y Gerard. La plantilla no acusó el mazazo y creció con nuevas incorporaciones. Se regeneró el vestuario y se siguió adelante. Había un proyecto claro y definido. Las ofertas se estudiaban y si el precio resultaba convincente se procedía al traspaso. El Valencia de entonces mantuvo su capacidad competitiva y administró con eficacia sus recursos. Un año después, volvió a la gran cita continental y a los dos años se proclamó campeón de liga.
El presente de la entidad no es comparable con el de hace una década pero existen algunos paralelismos. La cruda realidad obliga a atender las ofertas que llegan por los mejores jugadores y ,en la medida de lo posible, a ejecutarlas. No hay otra salida. Sin embargo, esa política de ahorro forzado exige al mismo tiempo acierto a la hora de encontrar fórmulas alternativas que contribuyan a mantener el nivel de la plantilla. Sin miedos ni complejos, el Valencia ha de hacer frente a una reconversión más que necesaria. Esta evidencia no puede servir de pretexto para justificar errores ni para bajar los brazos. Es la hora del ingenio en las soluciones y de rebelarse contra el conformismo.
Lo más irónico de aquella derrota en el Saint Denis es que no impidió un relevo en la presidencia de los ganadores. El desembarco de Florentino era inminente y se consumó un par de meses después. En este largo período ha tenido tiempo de llegar, fracasar, dimitir y volver de nuevo a la carga entra la complacencia general. El espíritu crítico se pliega ante su poderoso despliegue de medios y recursos pese a actuaciones tan irrespetuosas como las sufridas por Manuel Pellegrini. Nadie osa criticar a un dirigente obsesionado con la gloria de forma permanente. Por suerte, la excelencia que tanto pregona no se compra. La política derrochadora no garantiza el éxito, esa es la grandeza del fútbol.
El desencanto producido por el descenso del Mestalla a la tercera división ha quedado compensado por el excelente papel desempeñado por el equipo juvenil tanto en liga como en copa. A la buena campaña protagonizada por el conjunto de Vicente Mir se une la irrupción de Paco Alcácer con la selección española sub 17. Este joven valor de la escuela valencianista refuerza la convicción del valor fundamental de Paterna en estos tiempos de crisis.


