Pendientes de Villa, de sus gestos, de su juego y, por supuesto, de sus goles, en El Molinón se vive esta tarde uno de esos capítulos tan contradictorios en el mundo del fútbol cuando el hijo pródigo regresa a casa y ha de cumplir con su obligación profesional sin miramientos ni sentimentalismos. “El Guaje” vuelve a la cuna donde se crió y a la que profesa un cariño irrenunciable. El peor trago lo dio hace un año cuando se enfrentó por vez primera al Sporting de sus entretelas en el feudo asturiano. No se sabía si era un partido de homenaje o uno de competición. Una atmósfera de admiración invadió el estadio gijonés y rompió todos los esquemas. Villa sucumbió al efecto narcotizante del homenaje tributado por sus paisanos, jugó, marcó de penalty pero no estuvo en el partido, su instinto de asesino se tomó unas horas de asueto. Ausente de la realidad, mareado por la ola de fervor popular, el delantero del Valencia se vio superado por las circunstancias ambientales.
Da la impresión que hoy no se repetirá aquella demostración de amor aunque estemos en vísperas de San Valentín. Ni el seguidor sportinguista está para esas fiestas ni Villa acepta otro homenaje en su honor. Está más que cumplido. Se quieren y se sabe, es público y notorio, pero cada cuál a lo suyo. No resulta probable que volvamos a presenciar unos prolegómenos como los acontecidos la pasada temporada. Nadie está para milongas que diría un argentino. Villa quiere ganar para afianzar el lugar de privilegio del Valencia en la clasificación y, si es posible, marcar para superar a Leo Messi en la tabla de máximos goleadores. Tan sólo un gol les separa en la actualidad. Amenazado por la suspensión en caso de ser amonestado, Villa pondrá todo su empeño en jugar mejor que nunca ante la gente que le vio nacer como futbolista, libre de ataduras emocionales. Es libre de no celebrar un gol porque no le nace y por afecto a su antiguo club. Esa es la única concesión se permitirá mientras dure el partido.


